El Círculo Dorado
Después del descanso de ayer, hoy nos tocaba otra de nuestras excursiones: el Círculo Dorado. Así llaman a una zona cercana a Reykjavík donde se concentran varios atractivos turísticos. Principalmente Þingvellir, Geysir y Gullfoss; de ahí que también lo llamen "Triángulo Dorado", porque son tres los puntos principales.
Esto significaba madrugar otra vez. A las siete bajamos Raquel y yo a desayunar, y allí se nos unieron José Luis, María José, Patricia y Sonia. Aunque, realmente, sólo desayunamos con los dos primeros; Patricia y Sonia se han dedicado a dormir, enroscadas a mi lado.
Os voy a poner una secuencia temporal de los acontecimientos siguientes.
07:50 Los niños hacen pis.
08:00 Montamos en el autobús.
08:20 Patricia se hace pis. Por suerte, este autobús tiene servicio, conque baja a usarlo, mientras los otros tres niños esperan ansiosamente a que acabe y hacen uso sucesivamente.
08:30 Cambiamos de autobús. No parece que en éste haya servicios. Los niños amenazan con pedir pis en cuanto arranque.
08:40 Sara no puede esperar a que arranquemos y quiere pis.
Hay aspectos de la fisiología infantil que no acabo de comprender. De todos modos, quitando las constantes micciones, los niños se han portado de maravilla. Dani y Patricia incluso han ido juntos casi todo el viaje, pero ni nos hemos enterado de que existían en el autobús.
Finalmente, nuestra guía se cansa de esperar a dos rezagados que no aparecen, y arrancamos. Ésta tiene más acento que la del domingo, conque nos cuesta un poco más entenderla, pero al final acaba haciéndose amiga de José Luis, y todo.
Yo pensaba que en Islandia casi no había árboles por el tipo de suelo, pero no. Jóna (que así se llamaba la guía) nos explica que, cuando llegaron los primeros pobladores, el 40% del suelo de la isla estaba cubierto de bosques. Pero los colonizadores talaron árboles masivamente para hacer casas, fabricar barcos, obtener combustible... Y prácticamente acabaron con todo. Esto de la destrucción del medio ambiente no es nada nuevo.
Esta vez tomamos la carretera circular hacia el norte, en lugar de hacia el este. Circulábamos junto a una tubería bastante gorda, que es la que lleva el agua caliente a Reykjavik. Como ya os conté, casi toda la calefacción islandesa procede de la energía geotérmica, y cerca de Reykjavik está la más importante del país, la de Nesjavellir. Y ésta es nuestra primera parada del viaje, para alegría de Raquel. Ya estaba contenta con haber visto la central de la Laguna Azul por fuera, además de la gasolinera de hidrógeno de Reykjavik, pero la visita al interior de la central de Nesjavellir le encantó. Allí nos cuentan que la mitad de la energía geotérmica que se obtiene en el país se dedica a la calefacción, un tercio a obtener electricidad y el resto a otros usos, como calentar piscinas (en casi todas las poblaciones tienen alguna piscina termal) y demás.
De allí nos dirigimos, rodeando el lago Þingvallavatn, a Þingvellir, que está bastante cerca. Esa especie de P a media asta del principio se pronuncia como nuestra Z; de hecho, a veces en el extranjero se transcribe como Th, a la inglesa. "Þingvellir" se viene a pronunciar "zíncuetlir".
Þingvellir tiene una doble importancia, histórica y geológica. Por un lado, es el lugar donde se reunía el primer parlamento islandés, o Alþing (de ahí el nombre del lugar), desde 930 hasta finales del siglo XVIII, cuando se trasladó a Reykjavik. Por otro, es probablemente el mejor lugar del planeta para observar el movimiento de las placas tectónicas. Aunque Islandia es, culturalmente, parte de Europa, geológicamente está situada sobre la Gran Dorsal Atlántica, en la separación entre las placas de Norteamérica y Eurasia. Y Þingvellir está justo sobre la falla que separa ambas placas. Además de los bordes de las placas (separados unos siete kilómetros, no creáis que están tan juntos), hay un cañón por el que se puede bajar andando y la vista al Þingvallavatn es magnífica.
Después de recorrer el cañón, ya no son sólo los niños; José Luis y Francisco también tienen pis. Y eso que en la geotérmica habíamos visitado los servicios. Pero, oh, aquí no los hay, conque tienen que buscarse la vida e ir a mear detrás de unas piedras. Ay, estas próstatas.
Montamos en el autobús y, cinco minutos después, volvemos a parar. En un área de servicio, para que la gente pueda desaguar tranquila y civilizadamente.
Seguimos camino hacia Gullfoss, donde tenemos previsto comer. Por el camino, como es habitual en Islandia, vemos mucho ganado a los bordes de la carretera. Ovejas, vacas y caballos, más o menos a partes iguales. En Islandia también hay unas pocas cabras y, en el nordeste, renos, pero aquí predominan los que os he dicho. Especialmente peligrosas son las ovejas. No porque sean agresivas, pobres. Suelen ir en grupos de tres, una oveja con sus dos corderitos. Y, si a un cordero se le ocurre cruzar la carretera, su madre se tira detrás sin mirar. Así que son peligrosas para el tráfico. En Islandia hay que vigilar constantemente mientras se conduce por si acaso; el domingo nuestro conductor tuvo que pegar un frenazo por ese motivo.
Para llegar a Gulfoss tuvimos que circular durante un buen rato por una carretera de grava. Un coche de unos turistas se quedó atravesado delante de nosotros. De verdad, no es una gran idea alquilar un coche para conducir por Islandia a menos que se conozca bien el percal. Por el camino, Jóna nos contó una curiosa historia sobre las cataratas de Gulfoss. Según se cuenta, Sigríður Tómasdóttir, hija de uno de los dueños de las tierras donde están las cataratas, quería evitar que se utilizaran para poner una central hidroeléctrica. Amenazó incluso con tirarse por las cataratas si no le hacían caso. Finalmente, bajó a Reykjavík en busca de alguien que la ayudara, y conoció a un joven abogado llamado Sveinn Björnsson. Sveinn estudió los contratos de arrendamiento y encontró la forma de impedir la construcción de la central, salvando así las cataratas. La historia tiene un curioso final. No, Sveinn no acabó casándose con Sigríður; en 1944, cuando Islandia alcanzó su independencia, acabó convirtiéndose en el primer Presidente de la República.
¿Y realmente las cataratas valían tanto la pena? Os aseguro que, cuando las vimos, se me cayó la quijada al suelo. Tal vez sean lo más impresionante que he visto en mi vida. No hay un salto tan alto como el de Skógafoss, pero el conjunto de todos los saltos es más alto y, desde luego, el caudal es mucho mayor. Además de que el entorno es mucho más bonito. En fin, algo que no se puede perder nadie que vaya a Islandia. Y dicen que algunas cataratas del norte son aún más bonitas. Ya os contaré dentro de unos días.
Allí comimos y, antes de marcharnos, estuvimos jugando un poco con unos caballos islandeses. Me refiero con esto a la raza, no a la nacionalidad. En realidad, en Islandia no hay otro tipo de caballos; para asegurar la pureza de la raza, está prohibido importar caballos. Ni siquiera caballos islandeses que hayan salido del país. Son más pequeños de lo normal y tienen, como principal atractivo, un tranco más que los caballos de monta normales. Además del paso, el trote y el galope, tienen otro que es una especie de galope ligero. Dicen que es tan suave que puedes ir a ese paso con una cerveza en la mano sin que se te caiga nada.
Por cierto, son peligrosos: Raquel iba a hacerse una foto junto a uno de ellos y recibió un lametón traicionero.
Nuestra siguiente parada estaba muy cerca, en Geysir. Como el avispado lector habrá deducido, aquí íbamos a ver géiseres. La palabra géiser deriva de Geysir, que es el primero que se conoció. Aunque hoy día la principal atracción de la zona no es el gran Geysir, sino el más modesto Strokkur. El motivo es que, en la actualidad, Geysir apenas entra en erupción (cosas de la geología y los terremotos), mientras que Strokkur tiene una cada 4-8 minutos.
Conque tuvimos tiempo de ver unas cuantas erupciones del géiser antes de marcharnos. Y ya nos quedaba poca excursión. Como habíamos acabado un poco alejados de Reykjavik, hicimos dos paradas más. La primera en Skálholt, un lugar de importancia histórica por ser la primera sede episcopal islandesa; pero hoy día todos los edificios originales están en ruinas y la iglesia actual tiene bastante poco interés. Y la segunda en Hveragerði, una pequeña ciudad que ya habíamos atravesado el domingo. También tiene su central geotérmica, pero sólo nos paramos por el área de servicio, que es bastante bonita. Para ser un área de servicio, quiero decir.
Y ya de vuelta en el hotel a las cinco y media. Bastante cansados, conque decidimos cenar pronto e irnos a dormir. Cenamos en el hotel los mismos que habíamos desayunado juntos, aunque esta vez las niñas estaban despiertas. Los otros cuatro (Francisco, Susana, Sara y Daniel) se fueron al cercano Pizza Hut. Cosa que, probablemente, los niños agradecieron. Y después de cenar, aquí me tenéis contándoos todo lo que hemos hecho, y ahora me voy a dormir. Mañana volvemos a madrugar para ver Landmannalaugar.
Esto significaba madrugar otra vez. A las siete bajamos Raquel y yo a desayunar, y allí se nos unieron José Luis, María José, Patricia y Sonia. Aunque, realmente, sólo desayunamos con los dos primeros; Patricia y Sonia se han dedicado a dormir, enroscadas a mi lado.
Os voy a poner una secuencia temporal de los acontecimientos siguientes.
07:50 Los niños hacen pis.
08:00 Montamos en el autobús.
08:20 Patricia se hace pis. Por suerte, este autobús tiene servicio, conque baja a usarlo, mientras los otros tres niños esperan ansiosamente a que acabe y hacen uso sucesivamente.
08:30 Cambiamos de autobús. No parece que en éste haya servicios. Los niños amenazan con pedir pis en cuanto arranque.
08:40 Sara no puede esperar a que arranquemos y quiere pis.
Hay aspectos de la fisiología infantil que no acabo de comprender. De todos modos, quitando las constantes micciones, los niños se han portado de maravilla. Dani y Patricia incluso han ido juntos casi todo el viaje, pero ni nos hemos enterado de que existían en el autobús.
Finalmente, nuestra guía se cansa de esperar a dos rezagados que no aparecen, y arrancamos. Ésta tiene más acento que la del domingo, conque nos cuesta un poco más entenderla, pero al final acaba haciéndose amiga de José Luis, y todo.
Yo pensaba que en Islandia casi no había árboles por el tipo de suelo, pero no. Jóna (que así se llamaba la guía) nos explica que, cuando llegaron los primeros pobladores, el 40% del suelo de la isla estaba cubierto de bosques. Pero los colonizadores talaron árboles masivamente para hacer casas, fabricar barcos, obtener combustible... Y prácticamente acabaron con todo. Esto de la destrucción del medio ambiente no es nada nuevo.
Esta vez tomamos la carretera circular hacia el norte, en lugar de hacia el este. Circulábamos junto a una tubería bastante gorda, que es la que lleva el agua caliente a Reykjavik. Como ya os conté, casi toda la calefacción islandesa procede de la energía geotérmica, y cerca de Reykjavik está la más importante del país, la de Nesjavellir. Y ésta es nuestra primera parada del viaje, para alegría de Raquel. Ya estaba contenta con haber visto la central de la Laguna Azul por fuera, además de la gasolinera de hidrógeno de Reykjavik, pero la visita al interior de la central de Nesjavellir le encantó. Allí nos cuentan que la mitad de la energía geotérmica que se obtiene en el país se dedica a la calefacción, un tercio a obtener electricidad y el resto a otros usos, como calentar piscinas (en casi todas las poblaciones tienen alguna piscina termal) y demás.
De allí nos dirigimos, rodeando el lago Þingvallavatn, a Þingvellir, que está bastante cerca. Esa especie de P a media asta del principio se pronuncia como nuestra Z; de hecho, a veces en el extranjero se transcribe como Th, a la inglesa. "Þingvellir" se viene a pronunciar "zíncuetlir".
Þingvellir tiene una doble importancia, histórica y geológica. Por un lado, es el lugar donde se reunía el primer parlamento islandés, o Alþing (de ahí el nombre del lugar), desde 930 hasta finales del siglo XVIII, cuando se trasladó a Reykjavik. Por otro, es probablemente el mejor lugar del planeta para observar el movimiento de las placas tectónicas. Aunque Islandia es, culturalmente, parte de Europa, geológicamente está situada sobre la Gran Dorsal Atlántica, en la separación entre las placas de Norteamérica y Eurasia. Y Þingvellir está justo sobre la falla que separa ambas placas. Además de los bordes de las placas (separados unos siete kilómetros, no creáis que están tan juntos), hay un cañón por el que se puede bajar andando y la vista al Þingvallavatn es magnífica.Después de recorrer el cañón, ya no son sólo los niños; José Luis y Francisco también tienen pis. Y eso que en la geotérmica habíamos visitado los servicios. Pero, oh, aquí no los hay, conque tienen que buscarse la vida e ir a mear detrás de unas piedras. Ay, estas próstatas.
Montamos en el autobús y, cinco minutos después, volvemos a parar. En un área de servicio, para que la gente pueda desaguar tranquila y civilizadamente.
Seguimos camino hacia Gullfoss, donde tenemos previsto comer. Por el camino, como es habitual en Islandia, vemos mucho ganado a los bordes de la carretera. Ovejas, vacas y caballos, más o menos a partes iguales. En Islandia también hay unas pocas cabras y, en el nordeste, renos, pero aquí predominan los que os he dicho. Especialmente peligrosas son las ovejas. No porque sean agresivas, pobres. Suelen ir en grupos de tres, una oveja con sus dos corderitos. Y, si a un cordero se le ocurre cruzar la carretera, su madre se tira detrás sin mirar. Así que son peligrosas para el tráfico. En Islandia hay que vigilar constantemente mientras se conduce por si acaso; el domingo nuestro conductor tuvo que pegar un frenazo por ese motivo.
Para llegar a Gulfoss tuvimos que circular durante un buen rato por una carretera de grava. Un coche de unos turistas se quedó atravesado delante de nosotros. De verdad, no es una gran idea alquilar un coche para conducir por Islandia a menos que se conozca bien el percal. Por el camino, Jóna nos contó una curiosa historia sobre las cataratas de Gulfoss. Según se cuenta, Sigríður Tómasdóttir, hija de uno de los dueños de las tierras donde están las cataratas, quería evitar que se utilizaran para poner una central hidroeléctrica. Amenazó incluso con tirarse por las cataratas si no le hacían caso. Finalmente, bajó a Reykjavík en busca de alguien que la ayudara, y conoció a un joven abogado llamado Sveinn Björnsson. Sveinn estudió los contratos de arrendamiento y encontró la forma de impedir la construcción de la central, salvando así las cataratas. La historia tiene un curioso final. No, Sveinn no acabó casándose con Sigríður; en 1944, cuando Islandia alcanzó su independencia, acabó convirtiéndose en el primer Presidente de la República.
¿Y realmente las cataratas valían tanto la pena? Os aseguro que, cuando las vimos, se me cayó la quijada al suelo. Tal vez sean lo más impresionante que he visto en mi vida. No hay un salto tan alto como el de Skógafoss, pero el conjunto de todos los saltos es más alto y, desde luego, el caudal es mucho mayor. Además de que el entorno es mucho más bonito. En fin, algo que no se puede perder nadie que vaya a Islandia. Y dicen que algunas cataratas del norte son aún más bonitas. Ya os contaré dentro de unos días.Allí comimos y, antes de marcharnos, estuvimos jugando un poco con unos caballos islandeses. Me refiero con esto a la raza, no a la nacionalidad. En realidad, en Islandia no hay otro tipo de caballos; para asegurar la pureza de la raza, está prohibido importar caballos. Ni siquiera caballos islandeses que hayan salido del país. Son más pequeños de lo normal y tienen, como principal atractivo, un tranco más que los caballos de monta normales. Además del paso, el trote y el galope, tienen otro que es una especie de galope ligero. Dicen que es tan suave que puedes ir a ese paso con una cerveza en la mano sin que se te caiga nada.
Por cierto, son peligrosos: Raquel iba a hacerse una foto junto a uno de ellos y recibió un lametón traicionero.
Nuestra siguiente parada estaba muy cerca, en Geysir. Como el avispado lector habrá deducido, aquí íbamos a ver géiseres. La palabra géiser deriva de Geysir, que es el primero que se conoció. Aunque hoy día la principal atracción de la zona no es el gran Geysir, sino el más modesto Strokkur. El motivo es que, en la actualidad, Geysir apenas entra en erupción (cosas de la geología y los terremotos), mientras que Strokkur tiene una cada 4-8 minutos.Conque tuvimos tiempo de ver unas cuantas erupciones del géiser antes de marcharnos. Y ya nos quedaba poca excursión. Como habíamos acabado un poco alejados de Reykjavik, hicimos dos paradas más. La primera en Skálholt, un lugar de importancia histórica por ser la primera sede episcopal islandesa; pero hoy día todos los edificios originales están en ruinas y la iglesia actual tiene bastante poco interés. Y la segunda en Hveragerði, una pequeña ciudad que ya habíamos atravesado el domingo. También tiene su central geotérmica, pero sólo nos paramos por el área de servicio, que es bastante bonita. Para ser un área de servicio, quiero decir.
Y ya de vuelta en el hotel a las cinco y media. Bastante cansados, conque decidimos cenar pronto e irnos a dormir. Cenamos en el hotel los mismos que habíamos desayunado juntos, aunque esta vez las niñas estaban despiertas. Los otros cuatro (Francisco, Susana, Sara y Daniel) se fueron al cercano Pizza Hut. Cosa que, probablemente, los niños agradecieron. Y después de cenar, aquí me tenéis contándoos todo lo que hemos hecho, y ahora me voy a dormir. Mañana volvemos a madrugar para ver Landmannalaugar.
Comentarios
(Mira que ingeniosa me pongo cuando el caudal de envidia me llega a la altura de las cejas :P)