Rumbo al Noroeste

Aunque nuestra aventura empieza el día 3, Raquel y yo salimos de casa el día 2. El motivo era que nuestro avión salía de Barcelona, conque tendríamos que coger el AVE hasta allí. Así aprovecharíamos para ver a mis padres, porque íbamos a dormir en su casita de la playa.

Al día siguiente habíamos quedado por la mañana en casa de José Luis y María José. Aún tuvimos tiempo de desayunar con mis padres y mi tía para celebrar el cumpleaños de mi padre. Y luego nos juntamos con el resto de nuestro grupo, que ya nos estaba esperando.

Llegaron los taxis y vimos que no iba a ser tan fácil separar a los niños. Así que acabaron los cuatro niños con sus madres en uno de los taxis (eran monovolúmenes), y los otros cuatro adultos en el otro, junto con casi todo el equipaje. Algunas llamadas telefónicas de coche a coche más tarde, para saber cuál era la terminal (ser pijo tiene sus ventajas y mi iPhone nos sacó de dudas), y llegamos a El Prat.

Primer contratiempo: había mucha cola y pronto supimos por qué. Los mostradores de facturación no funcionaban. Después de algunos cierres y reaperturas de colas, conseguimos facturar y llegar a tiempo de esperar casi hora y media más de lo previsto a que nuestro avión despegase. Hora y media de retraso que se mantuvo en el aterrizaje. Menos mal que en Islandia son dos horas menos que en España (en verano; en invierno sólo una, porque los islandeses no han caído en esa antigualla llamada "horario de verano"), conque aún nos quedaba mucho día por delante.

En realidad, todo el día que quisiéramos. Estrictamente, en Islandia no hay sol de medianoche, porque todo el país está justo debajo del Círculo Polar Ártico (salvo una islita). Pero tienen lo que se llama "noches claras". Es decir: las noches son tan cortas que en ningún momento llega a oscurecer del todo. Ahora mismo son las once de la noche y el sol todavía está bastante alto sobre el horizonte; no se pondrá hasta dentro de hora y media, y amanecerá dos o tres horas más tarde.

Las nubes nos habían impedido ver el mar o la propia isla cuando nos acercábamos a ella, pero al descender ya vimos el terreno islandés. Incluso en la zona costera, donde están todas las poblaciones del país, el terreno es principalmente volcánico. Hay algunas zonas verdes, pero también rocas magmáticas por todas partes, y las montañas están peladas.

Chiquiturrio, pero monoAterrizamos en el aeropuerto de Keflavik, el único aeropuerto internacional de Islandia. Pese a lo cual es bastante canijo. Al fin y al cabo, Islandia sólo tiene 300.000 habitantes, no necesitan más. Hay algunos aeropuertos más en el país sólo para vuelos domésticos, porque las comunicaciones por tierra son dificultosas.

Keflavik está a unos 50 kilómetros de Reykjavik, la capital y única población de entidad en todo el país. Unos dos tercios de la población islandesa viven en Reykjavik y alrededores, lo que supone el extremo sudoccidental de la isla. El resto ocupa pequeños núcleos a lo largo de la costa, y en el interior prácticamente no vive nadie. Claro que sólo hay volcanes, glaciares, géiseres y similares; precioso, pero inhóspito.

Fuimos hacia Reykjavik en un autobús que paraba en varios hoteles de la ciudad, entre ellos el nuestro. La primera parada estaba en la central de autobuses, donde también hay un hotel. Se bajaron unas chicas que habían venido en nuestro avión, quejándose de que las habían engañado, que ese hotel de céntrico no tenía nada; y era cierto, estaba en las afueras, lejos de cualquier otro edificio. Corrijo: en ese momento creí que era cierto. Luego resultó que el hotel era verdaderamente céntrico, ocurre que en Reykjavik no hay un centro de ciudad al uso. Todo está disperso. Puede decirse que en la capital no hay un solo parque, pero también podría decirse que toda ella es un parque. No es terreno lo que falta en Islandia, precisamente.

Ah, para envidia de quienes estéis ahora en España: la temperatura aquí es de 17°C, casi constante, porque para eso es casi todo el rato de día.

Salimos a cenar y acabamos en un restaurante en que estábamos prácticamente solos. Había más clientes, pero no en nuestra zona del local. Por suerte, porque montábamos una ruidera que no veas. Los niños principalmente, pero sus padres (no progenitores, sólo padres en este caso) no les iban a la zaga. Qué voceras podemos ser los españoles. Y cuánto no me gusta, esto pica, esto es asqueroso, pues ahora no lo quiero... En cuanto llegue a Madrid, me hago una vasectomía.

Bueno, tampoco es justo que me queje demasiado de los niños, que en general se están portando bien, salvo ese rato. Además, algunos de ellos llevaban levantados desde las siete, y en España ya era medianoche, conque estaban agotados y no se quejaban demasiado. Así que nos volvimos al hotel (yo también estaba cansado, no me quejé por volver) y hasta mañana. Algún intento de felicitarme por mi cumpleaños, pero no. En España ya lo sería, pero aquí he aguantado dos horas más con 42 años. Ha sido una buena edad, puedo estirarla un poco.

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