Ballenas
[ACTUALIZACIÓN: Por fin he podido subir las fotos]
Hoy nos tocaba una excursión especial: íbamos a montar en un barco para ver ballenas. Muchas ballenas pasan el verano en los alrededores de Islandia, así que hay muchas excursiones para ir a verlas.
Una vez más, tocaba madrugar. A las ocho y cuarto teníamos que coger el autobús y, a diferencia de lo que sucedía en Reykjavik, aquí no vendrían a buscarnos al hotel. De todos modos, sólo tenemos diez minutos andando hasta la oficina de turismo, de donde salen los autobuses. Cuesta abajo.
Llegamos poco después de las ocho y nos encontramos con el habitual desbarajuste de Akureyri. Ninguno de los autobuses estaba marcado con nuestra excursión. Así que preguntamos a uno de los conductores, que no sabía nada; pero preguntó a otro, que tampoco; pero éste preguntó en el interior de la oficina, le dijeron algo y nos indicó que subiéramos al autobús con el cartel de Húsavík. Bien, teníamos que tomar el barco en Húsavík; lo que no queríamos era coger el autobús incorrecto y tener problemas con los billetes.
Nuestro conductor debía de ser pariente del taxista del día anterior. También estaba liofilizado. Parecía no haber visto nuestros billetes en su vida, deambulaba por el vehículo y, en general, dejaba pasar el tiempo. Pasaba la hora y el hombre no parecía tener intención de arrancar. Luego empezó a pedir los billetes con una pachorra infinita y pasadas las ocho y media salimos. Lo malo es que, según el horario de autobuses, teníamos hora y media hasta Húsavík, y nuestro barco salía a las diez. Revisando papeles vi que no habíamos salido muy tarde; por motivos que ignoro, nuestro autobús cubría dos rutas (460 y 461) que iban a Húsavik, pero no a la misma hora. Una debía salir a las 8h15 y la otra a las 8h30. Joderrr... Menos mal que el conductor se dio prisa y llegamos a nuestro destino en menos de hora y cuarto. Y vimos que, desde donde nos dejó hasta el punto donde estaba el barco, había unos dos minutos si andábamos despacio.
Bueno, pasados los nervios iniciales, subimos al barco. Bien por Raquel, que estuvo al loro cuando se quedaron nuestros billetes y pidió copias para el autobús de regreso. Salimos del puerto y nos fueron dando instrucciones. Usarían el sistema horario para avisarnos cuando vieran alguna ballena; ballena a las ocho, y así. Claro que esto no era un aquapark y, por tanto, no podían garantizar que viéramos ballenas, aunque presumen de tener un índice de acierto de más del 98%. No tendríamos tan mala suerte.
Íbamos a estar tres horas en el barco. Los primeros tres cuartos para salir de la bahía de Húsavík. El avispado lector se habrá dado cuenta de que muchas localidades islandesas tienen nombres acabados en -vík; significa "bahía". Y la de Húsavik es realmente preciosa, sobre todo en otro día de sol radiante como el que teníamos. Me recordaba algún puerto pesquero del cantábrico, pero al fondo había montañas nevadas.
Uf, hoy estoy escribiendo con mi netbook usando la Wi-Fi del hotel, pero no hay manera de subir fotos. En fin, ya lo haré cuando vuelva a Madrid. Una pena, porque tengo algunas chulísimas.
En fin, que al cabo de un rato nos avisa uno de los guías, que se veía un chorro de agua a cierta distancia. Pues sí, se veía, parecía que habría una ballena debajo; pero vaya, esperábamos algo más. El barco se mueve hacia el chorro y para los motores; a ver si la ballena sale a la superficie.
Y sí, salió. No muy cerca de nosotros, pero salió. Y le debimos de gustar, porque se fue acercando y acabó nadando un buen rato a unos cinco metros del barco. Menudo bicharraco. Era una ballena jorobada de unos quince metros de largo. Las ballenas no saltan como los delfines y, desde luego, no flotan como en los dibujos animados. Pero cada vez que salía a la superficie para respirar la podíamos ver muy bien.
Después de un rato con la ballena nos alejamos, a ver si había más por otro sitio. De todos modos, ya estábamos contentos con la que habíamos tenido casi al alcance de la mano durante unos minutos.
Pero parece que era nuestro día de suerte. Un rato más tarde avistamos no una, sino dos ballenas jorobadas que nadaban juntas. No era una pareja ni nada por el estilo, porque las ballenas crían en invierno; en verano suben (o bajan, en el hemisferio sur) a los mares fríos para comer. Pero estas dos iban juntas y parecía que tuvieran el número ensayado. Además, aunque no se acercaron tanto como la anterior, sí estuvieron a unos treinta metros de nosotros y, además, por el lado del barco en que estaba yo. En fin, que acabamos encantados con nuestro viaje para ver las ballenas, a pesar de que en el mar pasamos un poco de frío.
Volvimos a puerto y nos fuimos a comer a un sitio con buena pinta. Además, nos tocó una camarera que hablaba español. Estamos encontrando muchos islandeses que hablan nuestro idioma en el norte; el segundo taxista de ayer, el espabilado, también lo hablaba. Como Raquel y yo hemos comido más ligero, hemos acabado antes que los demás, así que nos hemos ido a dar una vuelta por el pueblo. Y ¡sorpresa! Nos hemos encontrado con que el Museo del Falo ahora estaba en Húsavík.
Conque hicimos la correspondiente visita al Instituto Falológico de Islandia. El dueño era un señor muy majo que también hablaba español y nos explicó todo lo que quisimos. Muy majo y muy cachondo, claro. Además de penes de todos los mamíferos que viven en Islandia (ballenas incluidas) salvo el hombre (aunque tiene expuestos los certificados de cesión de cuatro personas que donarán su miembro al museo cuando mueran), en una vitrina tiene modelos a tamaño natural, en plata, de los penes de los jugadores de la selección islandesa de balonmano, que ganaron la medalla de plata en los últimos Juegos Olímpicos. Y penes de las criaturas fantásticas de Islandia, como elfos, trolls y demás. Una visita muy recomendable.
Después dimos una vuelta por Húsavík, disfrutando de las vistas, y acabamos reuniéndonos con el resto del grupo en el museo de las ballenas. Muy bien montado y también recomendable. En general, ha sido una muy buena idea pasar un día en Húsavík. Después nos tomamos un refresco en una terracita (apetecía la sombra, aunque todas las mesas estaban al sol) y vuelta a Akureyri. Con el mismo conductor que en la ida, y esta vez sí se ha tomado con calma el viaje.
Ya en la ciudad, sólo Raquel, José Luis y yo queríamos salir a cenar. Conque hemos ido a buscar restaurante sin tener en cuenta que era sábado. Estaba casi todo completo. Al final hemos encontrado sitio en el Bautinn, uno de los sitios que habíamos considerado para el día anterior. Y sí, nuestra camarera chapurreaba el castellano. Creo que volveremos, porque hemos cenado bastante bien, por no mucho dinero, y tienen guardería, además de menú infantil.
Y ya vuelta a casa porque mañana algunos vamos a madrugar otra vez para hacer un sendero y subir a un monte sobre el fiordo de Akureyri. Así que me voy a la cama. Qué pena no poder subir fotos, oye.
Hoy nos tocaba una excursión especial: íbamos a montar en un barco para ver ballenas. Muchas ballenas pasan el verano en los alrededores de Islandia, así que hay muchas excursiones para ir a verlas.
Una vez más, tocaba madrugar. A las ocho y cuarto teníamos que coger el autobús y, a diferencia de lo que sucedía en Reykjavik, aquí no vendrían a buscarnos al hotel. De todos modos, sólo tenemos diez minutos andando hasta la oficina de turismo, de donde salen los autobuses. Cuesta abajo.
Llegamos poco después de las ocho y nos encontramos con el habitual desbarajuste de Akureyri. Ninguno de los autobuses estaba marcado con nuestra excursión. Así que preguntamos a uno de los conductores, que no sabía nada; pero preguntó a otro, que tampoco; pero éste preguntó en el interior de la oficina, le dijeron algo y nos indicó que subiéramos al autobús con el cartel de Húsavík. Bien, teníamos que tomar el barco en Húsavík; lo que no queríamos era coger el autobús incorrecto y tener problemas con los billetes.
Nuestro conductor debía de ser pariente del taxista del día anterior. También estaba liofilizado. Parecía no haber visto nuestros billetes en su vida, deambulaba por el vehículo y, en general, dejaba pasar el tiempo. Pasaba la hora y el hombre no parecía tener intención de arrancar. Luego empezó a pedir los billetes con una pachorra infinita y pasadas las ocho y media salimos. Lo malo es que, según el horario de autobuses, teníamos hora y media hasta Húsavík, y nuestro barco salía a las diez. Revisando papeles vi que no habíamos salido muy tarde; por motivos que ignoro, nuestro autobús cubría dos rutas (460 y 461) que iban a Húsavik, pero no a la misma hora. Una debía salir a las 8h15 y la otra a las 8h30. Joderrr... Menos mal que el conductor se dio prisa y llegamos a nuestro destino en menos de hora y cuarto. Y vimos que, desde donde nos dejó hasta el punto donde estaba el barco, había unos dos minutos si andábamos despacio.
Bueno, pasados los nervios iniciales, subimos al barco. Bien por Raquel, que estuvo al loro cuando se quedaron nuestros billetes y pidió copias para el autobús de regreso. Salimos del puerto y nos fueron dando instrucciones. Usarían el sistema horario para avisarnos cuando vieran alguna ballena; ballena a las ocho, y así. Claro que esto no era un aquapark y, por tanto, no podían garantizar que viéramos ballenas, aunque presumen de tener un índice de acierto de más del 98%. No tendríamos tan mala suerte.Íbamos a estar tres horas en el barco. Los primeros tres cuartos para salir de la bahía de Húsavík. El avispado lector se habrá dado cuenta de que muchas localidades islandesas tienen nombres acabados en -vík; significa "bahía". Y la de Húsavik es realmente preciosa, sobre todo en otro día de sol radiante como el que teníamos. Me recordaba algún puerto pesquero del cantábrico, pero al fondo había montañas nevadas.
Uf, hoy estoy escribiendo con mi netbook usando la Wi-Fi del hotel, pero no hay manera de subir fotos. En fin, ya lo haré cuando vuelva a Madrid. Una pena, porque tengo algunas chulísimas.
En fin, que al cabo de un rato nos avisa uno de los guías, que se veía un chorro de agua a cierta distancia. Pues sí, se veía, parecía que habría una ballena debajo; pero vaya, esperábamos algo más. El barco se mueve hacia el chorro y para los motores; a ver si la ballena sale a la superficie.
Y sí, salió. No muy cerca de nosotros, pero salió. Y le debimos de gustar, porque se fue acercando y acabó nadando un buen rato a unos cinco metros del barco. Menudo bicharraco. Era una ballena jorobada de unos quince metros de largo. Las ballenas no saltan como los delfines y, desde luego, no flotan como en los dibujos animados. Pero cada vez que salía a la superficie para respirar la podíamos ver muy bien.
Después de un rato con la ballena nos alejamos, a ver si había más por otro sitio. De todos modos, ya estábamos contentos con la que habíamos tenido casi al alcance de la mano durante unos minutos.
Pero parece que era nuestro día de suerte. Un rato más tarde avistamos no una, sino dos ballenas jorobadas que nadaban juntas. No era una pareja ni nada por el estilo, porque las ballenas crían en invierno; en verano suben (o bajan, en el hemisferio sur) a los mares fríos para comer. Pero estas dos iban juntas y parecía que tuvieran el número ensayado. Además, aunque no se acercaron tanto como la anterior, sí estuvieron a unos treinta metros de nosotros y, además, por el lado del barco en que estaba yo. En fin, que acabamos encantados con nuestro viaje para ver las ballenas, a pesar de que en el mar pasamos un poco de frío.Volvimos a puerto y nos fuimos a comer a un sitio con buena pinta. Además, nos tocó una camarera que hablaba español. Estamos encontrando muchos islandeses que hablan nuestro idioma en el norte; el segundo taxista de ayer, el espabilado, también lo hablaba. Como Raquel y yo hemos comido más ligero, hemos acabado antes que los demás, así que nos hemos ido a dar una vuelta por el pueblo. Y ¡sorpresa! Nos hemos encontrado con que el Museo del Falo ahora estaba en Húsavík.
Conque hicimos la correspondiente visita al Instituto Falológico de Islandia. El dueño era un señor muy majo que también hablaba español y nos explicó todo lo que quisimos. Muy majo y muy cachondo, claro. Además de penes de todos los mamíferos que viven en Islandia (ballenas incluidas) salvo el hombre (aunque tiene expuestos los certificados de cesión de cuatro personas que donarán su miembro al museo cuando mueran), en una vitrina tiene modelos a tamaño natural, en plata, de los penes de los jugadores de la selección islandesa de balonmano, que ganaron la medalla de plata en los últimos Juegos Olímpicos. Y penes de las criaturas fantásticas de Islandia, como elfos, trolls y demás. Una visita muy recomendable.Después dimos una vuelta por Húsavík, disfrutando de las vistas, y acabamos reuniéndonos con el resto del grupo en el museo de las ballenas. Muy bien montado y también recomendable. En general, ha sido una muy buena idea pasar un día en Húsavík. Después nos tomamos un refresco en una terracita (apetecía la sombra, aunque todas las mesas estaban al sol) y vuelta a Akureyri. Con el mismo conductor que en la ida, y esta vez sí se ha tomado con calma el viaje.
Ya en la ciudad, sólo Raquel, José Luis y yo queríamos salir a cenar. Conque hemos ido a buscar restaurante sin tener en cuenta que era sábado. Estaba casi todo completo. Al final hemos encontrado sitio en el Bautinn, uno de los sitios que habíamos considerado para el día anterior. Y sí, nuestra camarera chapurreaba el castellano. Creo que volveremos, porque hemos cenado bastante bien, por no mucho dinero, y tienen guardería, además de menú infantil.
Y ya vuelta a casa porque mañana algunos vamos a madrugar otra vez para hacer un sendero y subir a un monte sobre el fiordo de Akureyri. Así que me voy a la cama. Qué pena no poder subir fotos, oye.
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