Día de relax
Estoy a punto de quedarme sin Wi-Fi, conque esta entrada va a ser breve. Tal vez mañana complete más detalles.
Hoy nos hemos tomado un día de relax en Reykjavik. Lo primero, dar un poco de descanso a las madres, que son las que más trabajan con los niños. La idea era que Susana y María José se fueran con Raquel de compras por la ciudad, mientras los chicos nos quedábamos con los niños. Pero, finalmente, Susana y Francisco se han descolgado del plan. De todos modos, José Luis y yo nos hemos quedado con Patricia y Sonia mientras María José y Raquel se iban por ahí.
Hemos decidido un plan sencillo: ir al Tjörn, que es el laguito del centro de la ciudad, a jugar con los patos. Éxito absoluto. Mientras las niñas daban de comer a los patos, nosotros dos estábamos tan ricamente sentaditos charlando. Hasta que Patricia ha localizado una caca de pato camuflada. Con la rodilla. Destacaba bastante en el pantalón rosa que llevaba. Conque hala, a comprar otro pantalón; rosa, claro, que es el único color que le gusta. Y vuelta al estanque.
En descargo de la niña diremos que a nosotros nos ha costado mucho localizar la caca. Estaba mimetizada con el suelo.
Más tarde nos hemos acabado reuniendo los diez en el ayuntamiento. Es un edificio moderno que también alberga una sala de exposiciones. Y de allí hemos ido a comer. José Luis (que es un individuo realmente insistente) ha conseguido que, por fin, fuéramos a comer a un sitio en el que sirven hákarl, una especialidad islandesa que quería probar. En Islandia no suelen dar tapas pero, si lo hicieran, podríamos pensar que el nombre viene del hákarl. Porque lo sirven en un frasco tapado. El motivo es que se trata de tiburón podrido; viene tapado porque huele a amoniaco que tira para atrás. Pero el sabor es mejor que el olor. De todos modos, no me ha parecido nada del otro mundo.
Sin embargo, ha habido otro detalle que lo ha convertido en mi restaurante favorito: a todos los niños les ha encantado su comida. Jódete y baila. Creo que ha sido la primera vez en todo el viaje. Y, además, teníamos una camarera que hablaba español, para alegría de los miembros del grupo que no se manejan en inglés.
Después de comer nos hemos vuelto a separar en dos grupos. Raquel se ha quedado con Susana, Francisco, Sara y Dani dando una vuelta por el centro de Reykjavik, mientras yo me iba con los demás a la piscina.
Creo que ya he mencionado que casi todas las poblaciones islandesas tienen su piscina termal. La capital, naturalmente, tiene varias. Yo no fui el día de mi cumpleaños porque no estaba en condiciones, pero esta vez sí. Nos lo pasamos en grande jugando con las niñas y José Luis y yo aprovechamos para una nueva edición del Extreme Man; en esta ocasión, el reto consistía en meternos, por orden, en las cuatro piletas de agua caliente. A 38, 40, 42 y 44 grados, respectivamente. Las últimas están realmente calientes pero, después de estar dos o tres minutos en cada una de ellas, sales flotando.
Allá a las siete hemos conseguido sacar a las niñas de la piscina y nos hemos vuelto al hotel para irnos todos juntos a cenar al Perlan, un restaurante giratorio desde el que hay una vista extraordinaria de toda la ciudad. Sara y Dani han empezado a quejarse cuando hemos llegado porque no giraba, pero no era cierto; ocurre que tarda unas tres horas en dar la vuelta completa. La idea no es montar en un carrusel, sino ir viendo toda la ciudad a lo largo de la cena. Precioso lugar, magníficas vistas y muy buena comida. Precio acorde a la circunstancia, claro. Pero hemos estado casi solos, de modo que los niños no molestaban a nadie (aunque a ratos lo intentaban) y también les ha gustado su comida. Claro que hemos estado más de tres horas y al final estaban muy cansados. Sonia ha cogido un berrinche al acabar porque le han quitado el moño que le había hecho Sara. Pero bueno, ahora ya están dormidos y mañana nos levantamos tarde. A mediodía salimos en avión hacia Akureyri, donde pasaremos la segunda semana de nuestro viaje.
Hoy nos hemos tomado un día de relax en Reykjavik. Lo primero, dar un poco de descanso a las madres, que son las que más trabajan con los niños. La idea era que Susana y María José se fueran con Raquel de compras por la ciudad, mientras los chicos nos quedábamos con los niños. Pero, finalmente, Susana y Francisco se han descolgado del plan. De todos modos, José Luis y yo nos hemos quedado con Patricia y Sonia mientras María José y Raquel se iban por ahí.
Hemos decidido un plan sencillo: ir al Tjörn, que es el laguito del centro de la ciudad, a jugar con los patos. Éxito absoluto. Mientras las niñas daban de comer a los patos, nosotros dos estábamos tan ricamente sentaditos charlando. Hasta que Patricia ha localizado una caca de pato camuflada. Con la rodilla. Destacaba bastante en el pantalón rosa que llevaba. Conque hala, a comprar otro pantalón; rosa, claro, que es el único color que le gusta. Y vuelta al estanque.
En descargo de la niña diremos que a nosotros nos ha costado mucho localizar la caca. Estaba mimetizada con el suelo.
Más tarde nos hemos acabado reuniendo los diez en el ayuntamiento. Es un edificio moderno que también alberga una sala de exposiciones. Y de allí hemos ido a comer. José Luis (que es un individuo realmente insistente) ha conseguido que, por fin, fuéramos a comer a un sitio en el que sirven hákarl, una especialidad islandesa que quería probar. En Islandia no suelen dar tapas pero, si lo hicieran, podríamos pensar que el nombre viene del hákarl. Porque lo sirven en un frasco tapado. El motivo es que se trata de tiburón podrido; viene tapado porque huele a amoniaco que tira para atrás. Pero el sabor es mejor que el olor. De todos modos, no me ha parecido nada del otro mundo.
Sin embargo, ha habido otro detalle que lo ha convertido en mi restaurante favorito: a todos los niños les ha encantado su comida. Jódete y baila. Creo que ha sido la primera vez en todo el viaje. Y, además, teníamos una camarera que hablaba español, para alegría de los miembros del grupo que no se manejan en inglés.
Después de comer nos hemos vuelto a separar en dos grupos. Raquel se ha quedado con Susana, Francisco, Sara y Dani dando una vuelta por el centro de Reykjavik, mientras yo me iba con los demás a la piscina.
Creo que ya he mencionado que casi todas las poblaciones islandesas tienen su piscina termal. La capital, naturalmente, tiene varias. Yo no fui el día de mi cumpleaños porque no estaba en condiciones, pero esta vez sí. Nos lo pasamos en grande jugando con las niñas y José Luis y yo aprovechamos para una nueva edición del Extreme Man; en esta ocasión, el reto consistía en meternos, por orden, en las cuatro piletas de agua caliente. A 38, 40, 42 y 44 grados, respectivamente. Las últimas están realmente calientes pero, después de estar dos o tres minutos en cada una de ellas, sales flotando.
Allá a las siete hemos conseguido sacar a las niñas de la piscina y nos hemos vuelto al hotel para irnos todos juntos a cenar al Perlan, un restaurante giratorio desde el que hay una vista extraordinaria de toda la ciudad. Sara y Dani han empezado a quejarse cuando hemos llegado porque no giraba, pero no era cierto; ocurre que tarda unas tres horas en dar la vuelta completa. La idea no es montar en un carrusel, sino ir viendo toda la ciudad a lo largo de la cena. Precioso lugar, magníficas vistas y muy buena comida. Precio acorde a la circunstancia, claro. Pero hemos estado casi solos, de modo que los niños no molestaban a nadie (aunque a ratos lo intentaban) y también les ha gustado su comida. Claro que hemos estado más de tres horas y al final estaban muy cansados. Sonia ha cogido un berrinche al acabar porque le han quitado el moño que le había hecho Sara. Pero bueno, ahora ya están dormidos y mañana nos levantamos tarde. A mediodía salimos en avión hacia Akureyri, donde pasaremos la segunda semana de nuestro viaje.
Comentarios
Por otra parte en el Perlan vimos la puesta del sol en el horizonte. Un espectáculo precioso.