Jökulsárlón
No, no se me ha roto el teclado. Hoy hemos hecho una excursión un tanto monstruosa a un sitio llamado así. Monstruosa por la duración: quince horas en total, la mayoría de ellas metidos en un autobús. Creo que ha sido excesivo para los niños, pero la excursión vale la pena.
Teníamos que salir muy pronto: a las siete y media nos recogía el autobús en el hotel. Conque hemos tenido que poner el despertador a las, glups, seis menos cuarto. Esta vez sin error. Claro que hemos desayunado como señores y nos ha sobrado tiempo, pese a que las niñas han decidido a las siete y media en punto que querían ir a hacer pis. Creo que un grupo de viejos prostáticos no mea tanto como estas crías.
Una vez en el autobús nos hemos dado cuenta de que los críos se podían marear. José Luis, que para eso es nuestro farmacéutico, había traído biodramina en jarabe, pero había que dárselo. Conque la pobre Susana ha tenido que hacer equilibrios con el autobús en marcha por las calles de Reykjavik. Una vez ha conseguido hacer engullir el jarabe a los cuatro sin derramar mucho, el autobús se ha parado frente a otro hotel para que subiera más gente. En fin.
Nuestra excursión consistía en un viaje por toda la costa sur de Islandia, desde Reykjavik hasta el Jökulsárlón, que es un lago en uno de los desagües del Vatnajökull. Por el camino teníamos previstas unas cuantas paradas, tanto a la ida como a la vuelta. Y empezó con animación por parte de Sonia. En el autobús le habían prestado un asiento elevado, pero no se ajustaba bien, conque María José, su madre, decidió quitárselo porque la pobre niña iba dando bandazos. Pero, ah, ella quería su sillita. ¿Cómo lo sabemos? Porque repitió la frase "Quiero mi sillita" unas ochenta y cinco veces seguidas. Al final desistió; pero muy al final. De todos modos, aunque es la más pequeña, Sonia no es la que da más mal. Estoy por decir que es la que menos.
Salimos de Reykjavik y enfilamos la carretera 1, que es la circular. Es la carretera principal del país, pero no penséis que es una autopista ni nada por el estilo. Está razonablemente bien asfaltada, eso es todo. Y tiene un carril para cada sentido en casi todo su recorrido. La excepción son los puentes, de un sólo carril. Si viene un vehículo de frente, hay que parar. Claro que hay muy poca circulación; recordad que Islandia es un país muy poco poblado fuera de la capital.
Como ejemplo, unos tres cuartos de hora después de salir de Reykjavik atravesamos Selfoss, la ciudad más grande del sur de Islandia con sus... 6000 habitantes. Y para entonces ya habíamos comprobado algo que dicen los islandeses, que su país es el único del mundo en el que puedes tener las cuatro estaciones en un día. Habíamos salido con lluvia, luego tuvimos niebla y a las nueve ya lucía un esplendoroso sol. El tiempo cambió media docena de veces más a lo largo del día.
Tras atravesar Hella y parar en Hvolsvöllur para tomar un café (y que los niños fueran al servicio), llegamos a nuestra primera parada interesante: Skógafoss. Una catarata que desde la carretera es impresionante, pero conforme te acercas lo es más. 62 metros de salto de agua y unos 20 de ancho. Los niños ya se estaban aburriendo de tanto autobús, pero aquí nos lo pasamos bien todos mojándonos junto a la catarata y dejando que se nos cayera la quijada ante el espectáculo. Se puede subir a la parte superior por un caminito lateral, pero no parecía que la vista fuera mejor, conque no lo hicimos. Salvo Francisco que, cuando ya teníamos que irnos, decidió ir para arriba. Tuvo que volver corriendo al autobús. Ay, vaya ejemplo para los niños.
Seguimos camino y atravesamos Vík, la localidad más meridional de la isla principal de Islandia. Vík es un pueblo importante (es decir, pasa de 1000 habitantes), aunque se espera que esa cifra cambie en poco tiempo. No porque vaya a crecer, sino porque es muy probable que desaparezca. Junto a Vík está el Mýrdalsjökull, uno de los principales glaciares de Islandia; y bajo el Mýrdalsjökull está el Katla, uno de los volcanes más destructivos. Se espera que entre en erupción cualquier día, lo que provocará enormes riadas por el hielo del glaciar que derretirá; y los especialistas creen que esas riadas se llevarán Vík por delante. Cuando esto ocurra, los habitantes del pueblo sólo tendrán unas horas para evacuarlo.
Islandia es así, un país en constante cambio. Pero no político, sino geológico. Por ejemplo, el Jökulsárlón, el objetivo final de nuestro viaje, no existía hace cien años.
Después de Vík la carretera transcurre durante varios kilómetros por un campo de lava joven, procedente de las erupciones del Laki entre 1783 y 1784. El Laki no es un volcán muy alto (menos de 900 metros), pero es el más destructivo de Islandia. Estas erupciones que menciono fueron tan potentes que cambiaron el clima de Europa. Se cree que hicieron bajar la temperatura media un par de grados, lo que ocasionó hambrunas que pudieron matar a unas 40.000 personas en Gran Bretaña. Incluso en Francia tuvieron malas cosechas por ello, lo que pudo aumentar el descontento de la población y provocar la Revolución Francesa, en 1789. Ya veis, el efecto mariposa en acción.
Tras atravesar Kirkjubaerjarklaustur (toma ya), paramos a comer en un hotel situado en medio de la nada. Pero desde donde ya veíamos el Vatnajökull. Éste no sólo es el mayor glaciar de Europa; es mayor que todos los demás juntos, incluyendo los demás de la propia Islandia. En el mundo, sólo la Antártida y Groenlandia son mayores. Tiene el tamaño de una provincia media española.
Así que, aunque Jökulsárlón está en una salida del Vatnajökull, todavía nos quedaba bastante camino. Todo él bordeando el inmenso glaciar y viendo las espectaculares lenguas que llegaban hasta cerca de la carretera. Pero eso no era nada comparado con lo que nos esperaba.
El Jökulsárlón es un lago glacial. Es decir, formado por el deshielo de un glaciar; en este caso, el Vatnajökull. Desde que se formó hace menos de cien años ha ido creciendo hasta alcanzar una extensión de unos 30 km2 en la actualidad. Y toda su superficie está llena de pequeños icebergs de diversos colores. Blancos, negros (por las cenizas de los volcanes que arrastra el glaciar) y también azules, por los efectos ópticos. Realmente precioso. Allí estuve a punto de dejar la cámara sin batería.
Además, nos dieron un paseo de unos tres cuartos de hora por el lago, en unos barcos anfibios bastante curiosos. Precioso, aunque alguno de los niños estuvo a punto de ir por la borda. La pena fue que nos tocó un rato sin sol, pero aun así era un espectáculo extraordinario.
Tras tomarnos un chocolate caliente (y unos polos de glaciar en el barco), emprendimos el camino de vuelta. Paramos un ratito en el Parque Nacional de Skaftafell, que es el parque que se está creando en el Vatnajökull. Merece una visita por sí solo, y nosotros sólo estuvimos unos minutos. Suficientes para que las niñas volvieran a ir al baño con Raquel, lo que hizo que ésta disfrutara de una conversación con Patrica de la que entresaco algunas frases de ésta última:
- Mi papá dice que esto no son vacaciones, sino "vacajodes".
- Desde que Sonia y yo nacimos, mis papás aún no se han arrepentido; bueno, mi papá un poco, sí.
- Ahora te podemos parecer una niñas encantadoras pero, si nos tuvieras que aguantar todo el día, no pensarías lo mismo.
Los niños, qué ricos.
En fin, seguimos viaje hacia Vík, donde pararíamos a cenar. La parte final de este trayecto se vio amenizada por los continuos "me estoy meando" y "tengo pis" de las mismas criaturas que acababan de vaciar su vejigas. Sopesamos seriamente la posibilidad de ponerles pañales.
En Vík hay algunas cosas curiosas. No tiene puerto, pero sí una playa con arena completamente negra y unas rocas en el mar llamadas Reynisdrangur que, según la leyenda, corresponden a un troll que intentó robar un barco por la noche. El sol le sorprendió y, como pasa siempre a los trolls, se convirtió en piedra junto al barco. Islandia está llena de trolls petrificados. De todos modos, hacía mucho viento y la temperatura había bajado bastante, conque no estuvimos mucho rato en la playa.
Nuestra siguiente parada fue otra catarata, la de Seljalandfoss. Tal vez tan alta como Skógafoss, pero mucho menos caudalosa. Sin embargo, tiene el encanto adicional de que cae por delante de una cueva, de modo que se puede pasar por detrás. Mojándose bastante, pero mola mucho. Nos vino bien para que los niños se entretuvieran, que llevábamos ya muchas horas de excursión y mucho autobús. Y para que, por supuesto, volvieran a hacer pis.
Y ya no volvimos a parar hasta el hotel. Justo a tiempo para que... sí, para que los críos hicieran pis. Y cada uno a su habitación, que eran casi las once. Llevábamos más de quince horas de excursión. Mañana nos espera un día mucho más relajado, en la Laguna Azul.
Teníamos que salir muy pronto: a las siete y media nos recogía el autobús en el hotel. Conque hemos tenido que poner el despertador a las, glups, seis menos cuarto. Esta vez sin error. Claro que hemos desayunado como señores y nos ha sobrado tiempo, pese a que las niñas han decidido a las siete y media en punto que querían ir a hacer pis. Creo que un grupo de viejos prostáticos no mea tanto como estas crías.
Una vez en el autobús nos hemos dado cuenta de que los críos se podían marear. José Luis, que para eso es nuestro farmacéutico, había traído biodramina en jarabe, pero había que dárselo. Conque la pobre Susana ha tenido que hacer equilibrios con el autobús en marcha por las calles de Reykjavik. Una vez ha conseguido hacer engullir el jarabe a los cuatro sin derramar mucho, el autobús se ha parado frente a otro hotel para que subiera más gente. En fin.
Nuestra excursión consistía en un viaje por toda la costa sur de Islandia, desde Reykjavik hasta el Jökulsárlón, que es un lago en uno de los desagües del Vatnajökull. Por el camino teníamos previstas unas cuantas paradas, tanto a la ida como a la vuelta. Y empezó con animación por parte de Sonia. En el autobús le habían prestado un asiento elevado, pero no se ajustaba bien, conque María José, su madre, decidió quitárselo porque la pobre niña iba dando bandazos. Pero, ah, ella quería su sillita. ¿Cómo lo sabemos? Porque repitió la frase "Quiero mi sillita" unas ochenta y cinco veces seguidas. Al final desistió; pero muy al final. De todos modos, aunque es la más pequeña, Sonia no es la que da más mal. Estoy por decir que es la que menos.
Salimos de Reykjavik y enfilamos la carretera 1, que es la circular. Es la carretera principal del país, pero no penséis que es una autopista ni nada por el estilo. Está razonablemente bien asfaltada, eso es todo. Y tiene un carril para cada sentido en casi todo su recorrido. La excepción son los puentes, de un sólo carril. Si viene un vehículo de frente, hay que parar. Claro que hay muy poca circulación; recordad que Islandia es un país muy poco poblado fuera de la capital.
Como ejemplo, unos tres cuartos de hora después de salir de Reykjavik atravesamos Selfoss, la ciudad más grande del sur de Islandia con sus... 6000 habitantes. Y para entonces ya habíamos comprobado algo que dicen los islandeses, que su país es el único del mundo en el que puedes tener las cuatro estaciones en un día. Habíamos salido con lluvia, luego tuvimos niebla y a las nueve ya lucía un esplendoroso sol. El tiempo cambió media docena de veces más a lo largo del día.
Tras atravesar Hella y parar en Hvolsvöllur para tomar un café (y que los niños fueran al servicio), llegamos a nuestra primera parada interesante: Skógafoss. Una catarata que desde la carretera es impresionante, pero conforme te acercas lo es más. 62 metros de salto de agua y unos 20 de ancho. Los niños ya se estaban aburriendo de tanto autobús, pero aquí nos lo pasamos bien todos mojándonos junto a la catarata y dejando que se nos cayera la quijada ante el espectáculo. Se puede subir a la parte superior por un caminito lateral, pero no parecía que la vista fuera mejor, conque no lo hicimos. Salvo Francisco que, cuando ya teníamos que irnos, decidió ir para arriba. Tuvo que volver corriendo al autobús. Ay, vaya ejemplo para los niños.Seguimos camino y atravesamos Vík, la localidad más meridional de la isla principal de Islandia. Vík es un pueblo importante (es decir, pasa de 1000 habitantes), aunque se espera que esa cifra cambie en poco tiempo. No porque vaya a crecer, sino porque es muy probable que desaparezca. Junto a Vík está el Mýrdalsjökull, uno de los principales glaciares de Islandia; y bajo el Mýrdalsjökull está el Katla, uno de los volcanes más destructivos. Se espera que entre en erupción cualquier día, lo que provocará enormes riadas por el hielo del glaciar que derretirá; y los especialistas creen que esas riadas se llevarán Vík por delante. Cuando esto ocurra, los habitantes del pueblo sólo tendrán unas horas para evacuarlo.
Islandia es así, un país en constante cambio. Pero no político, sino geológico. Por ejemplo, el Jökulsárlón, el objetivo final de nuestro viaje, no existía hace cien años.
Después de Vík la carretera transcurre durante varios kilómetros por un campo de lava joven, procedente de las erupciones del Laki entre 1783 y 1784. El Laki no es un volcán muy alto (menos de 900 metros), pero es el más destructivo de Islandia. Estas erupciones que menciono fueron tan potentes que cambiaron el clima de Europa. Se cree que hicieron bajar la temperatura media un par de grados, lo que ocasionó hambrunas que pudieron matar a unas 40.000 personas en Gran Bretaña. Incluso en Francia tuvieron malas cosechas por ello, lo que pudo aumentar el descontento de la población y provocar la Revolución Francesa, en 1789. Ya veis, el efecto mariposa en acción.
Tras atravesar Kirkjubaerjarklaustur (toma ya), paramos a comer en un hotel situado en medio de la nada. Pero desde donde ya veíamos el Vatnajökull. Éste no sólo es el mayor glaciar de Europa; es mayor que todos los demás juntos, incluyendo los demás de la propia Islandia. En el mundo, sólo la Antártida y Groenlandia son mayores. Tiene el tamaño de una provincia media española.
Así que, aunque Jökulsárlón está en una salida del Vatnajökull, todavía nos quedaba bastante camino. Todo él bordeando el inmenso glaciar y viendo las espectaculares lenguas que llegaban hasta cerca de la carretera. Pero eso no era nada comparado con lo que nos esperaba.
El Jökulsárlón es un lago glacial. Es decir, formado por el deshielo de un glaciar; en este caso, el Vatnajökull. Desde que se formó hace menos de cien años ha ido creciendo hasta alcanzar una extensión de unos 30 km2 en la actualidad. Y toda su superficie está llena de pequeños icebergs de diversos colores. Blancos, negros (por las cenizas de los volcanes que arrastra el glaciar) y también azules, por los efectos ópticos. Realmente precioso. Allí estuve a punto de dejar la cámara sin batería.Además, nos dieron un paseo de unos tres cuartos de hora por el lago, en unos barcos anfibios bastante curiosos. Precioso, aunque alguno de los niños estuvo a punto de ir por la borda. La pena fue que nos tocó un rato sin sol, pero aun así era un espectáculo extraordinario.
Tras tomarnos un chocolate caliente (y unos polos de glaciar en el barco), emprendimos el camino de vuelta. Paramos un ratito en el Parque Nacional de Skaftafell, que es el parque que se está creando en el Vatnajökull. Merece una visita por sí solo, y nosotros sólo estuvimos unos minutos. Suficientes para que las niñas volvieran a ir al baño con Raquel, lo que hizo que ésta disfrutara de una conversación con Patrica de la que entresaco algunas frases de ésta última:
- Mi papá dice que esto no son vacaciones, sino "vacajodes".
- Desde que Sonia y yo nacimos, mis papás aún no se han arrepentido; bueno, mi papá un poco, sí.
- Ahora te podemos parecer una niñas encantadoras pero, si nos tuvieras que aguantar todo el día, no pensarías lo mismo.
Los niños, qué ricos.
En fin, seguimos viaje hacia Vík, donde pararíamos a cenar. La parte final de este trayecto se vio amenizada por los continuos "me estoy meando" y "tengo pis" de las mismas criaturas que acababan de vaciar su vejigas. Sopesamos seriamente la posibilidad de ponerles pañales.
En Vík hay algunas cosas curiosas. No tiene puerto, pero sí una playa con arena completamente negra y unas rocas en el mar llamadas Reynisdrangur que, según la leyenda, corresponden a un troll que intentó robar un barco por la noche. El sol le sorprendió y, como pasa siempre a los trolls, se convirtió en piedra junto al barco. Islandia está llena de trolls petrificados. De todos modos, hacía mucho viento y la temperatura había bajado bastante, conque no estuvimos mucho rato en la playa.
Nuestra siguiente parada fue otra catarata, la de Seljalandfoss. Tal vez tan alta como Skógafoss, pero mucho menos caudalosa. Sin embargo, tiene el encanto adicional de que cae por delante de una cueva, de modo que se puede pasar por detrás. Mojándose bastante, pero mola mucho. Nos vino bien para que los niños se entretuvieran, que llevábamos ya muchas horas de excursión y mucho autobús. Y para que, por supuesto, volvieran a hacer pis.Y ya no volvimos a parar hasta el hotel. Justo a tiempo para que... sí, para que los críos hicieran pis. Y cada uno a su habitación, que eran casi las once. Llevábamos más de quince horas de excursión. Mañana nos espera un día mucho más relajado, en la Laguna Azul.
Comentarios
QUE ENVIDIA!!!!!
Mira que me caen bien los niños, pero lo vuestro es de Premio Nóbel de la Paz :D