Súlur
Hoy tocaba día de descanso. O así lo habíamos llamado; qué equivocados estábamos.
La cosa era que hoy nos quedábamos en Akureyri, sin hacer ninguna excursión en autobús. Así que a Raquel y a mí se nos ocurrió mirar a ver si había algún senderito que pudiéramos hacer. A José Luis y Francisco les gustó la idea, conque preguntamos en la oficina de turismo y nos recomendaron el mismo que aparecía en mi guía: la subida al Súlur, un monte cercano a la ciudad. Tres horitas escasas de subida, y desde arriba había una excelente vista al fiordo. Pues adelante.
El plan consistía en levantarnos prontito para desayunar a las siete, hacer el sendero y estar de vuelta cuanto antes. Susana, María José y los niños se quedarían durmiendo hasta más tarde. En el mapa vimos que el inicio del sendero estaba cerca, conque podíamos ir andando.
Así que esta mañana lo hemos puesto en práctica. Poco después de las siete y media hemos salido del hotel. Por el camino veíamos las casas de la localidad. Cosa curiosa: la mayoría tenían una cama elástica en el jardín. Parece que les gusta dar brincos.
Pronto, el primer problema: llevábamos un mapa topográfico del sendero, pero se nos había olvidado coger el plano de la localidad para encontrar la salida correcta. Naturalmente, en el primer desvío ya nos hemos equivocado. Y hala, busca a alguien un domingo a las siete y media de la mañana para preguntar. Y que se acordara, al menos, de su nombre. Ha habido suerte y una chica nos ha indicado. Sólo hemos dado una pequeña vuelta de más.
Y vaya, la carretera hasta el sendero era más larga de lo que parecía. Nos habían dicho que el sendero empezaba en aparcamiento que había nada más pasar el vertedero. A ver si éramos capaces de verlo. Verlo sí, y olerlo, una barbaridad. No recuerdo un olor a mierda revenida tan intenso en toda mi vida. Verdaderamente nauseabundo.
Más de una hora de camino del hotel al aparcamiento (la mayoría de la gente viene en coche y aparca aquí). Y pequeño despiste que pudimos resolver, una vez más, preguntando. Es que el inicio del sendero es muy estrechito y no está señalizado.
Arrancamos con cierto mosqueo, porque el Súlur tiene más de 1200m de altura, y Akureyri está a nivel del mar. Vale, habíamos venido subiendo, de modo que el aparcamiento estaba a más de 300m, pero nos quedaban unos 900m de desnivel. O la estimación de tres horas (y ya llevábamos una de retraso) era incorrecta, o había mucha pendiente en algún sitio. En fin, arrancamos y no parecía muy difícil. Además la vista, vertedero aparte, era muy bonita. El Eyjafjörður detrás de nosotros y el valle del Glerá a la derecha. El monte, claro, delante de nosotros.
Pronto quedó claro que la pobre Raquel se retrasaba. Es que andar en llano se le da bien, pero subir no. La íbamos esperando pero, al final, Francisco y José Luis se fueron por delante, mientras que yo me quedé con ella. Tampoco me sentía muy fuerte, conque prefería subir a un ritmo más lento. Si no me equivoco, hacía más de un año desde nuestro último sendero.
Después de un rato con desniveles, llanos y algún tobogán, pasada la mitad de camino empezó la parte chunga. Al principio, en forma de neveros. No muy largos, los pasamos con algunos problemas, pero nada más. Y poco después, una subida por rocas sueltas. Empezábamos a ver gente que bajaba, porque habían subido más temprano, y todos llevaban bastones. Nosotros, en cambio, íbamos en plan dominguero. Huy, qué mal rollo. Pero mira, ¿quién dijo miedo? Para arriba. Además estas subidas eran duras, pero tenían la ventaja de que mirabas atrás y veías cuánto habías subido, de modo que cogías moral.
A partir de aquí el camino ya tenía una pendiente importante. Raquel aguantaba sin quejarse mucho, pero a mí también se me hacía duro. Y veíamos que la parte final tenía todavía más pendiente y estaba nevada. Tendríamos que buscar un camino más sencillo.
Cuando ya estábamos cerca de la cima, empezamos a rodear en busca de un camino que no implicara subir por el nevero. Más que nada porque no nos fiábamos de poder bajar. Me adelanté un poco y una mujer que bajaba debió oír mis gritos a Raquel, porque nos dijo en castellano que, para llegar a la cumbre, teníamos que cruzar el nevero. No había otra. Conque decidimos dejarlo allí.
Estuvimos un rato almorzando y viendo el paisaje (que, de verdad, valía la pena) e iniciamos el descenso. En la bajada nos alcanzaron nuestros amigos, que sí habían hecho cima y firmado en el libro que hay en la cumbre, dejando un sentido
Aquí están
Estos son
Los cojones de Aragón
Las tres horas de subida resultaron ser una buena estimación, si tienes práctica subiendo por senderos. La bajada nos costó mucho menos pero, aún así, se nos estaba haciendo bastante tarde. Y todavía teníamos que volver al pueblo. Mis rodillas empezaban a flaquear (no son ninguna maravilla) y llegué al hotel, siete horas después de salir, hecho un asco. Mi pierna derecha no valía ni para hacer albóndigas y estaba agotado. ¡Vaya con el día de descanso!
Quedamos en comer algo cada uno por su cuenta y a las cuatro y media, juntarnos para ir con los niños a la piscina. Plan que no funcionó en absoluto; Raquel y yo nos quedamos dormidos en la habitación, mientras que los demás bajaron a la ciudad a comer y ya se quedaron allí, de modo que a las cuatro y media en el vestíbulo del hotel no había nadie.
Claro que ellos habían comido un montón en el Bautinn (creo que volveremos más, porque los niños lo pasaron bomba en la guardería y los mayores, pues lo mismo). Y nosotros dos habíamos pasado con un sándwich y un plátano. Así que ellos se quedaron a cenar cualquier cosa en el hotel, pero Raquel y yo bajamos a cenar. Fuimos al Fríðrik V, un restaurante al que no habíamos podido entrar la noche anterior y que, según nuestra guía, era el mejor de la ciudad. Después de la paliza, nos lo merecíamos. Y el restaurante respondió a su fama. Cenamos realmente bien y, gracias a la fuerte devaluación de la corona, no tan caro como se podría pensar. Raquel, por cierto, comió arao, que es un pájaro parecido al frailecillo que también tenemos en España pero, hasta donde sé, no nos lo comemos. Pues estaba bien bueno, oye.
Y ya de vuelta al hotel, a descansar y mañana, a levantarnos más tarde. Ya que hoy no ha habido piscina, nos iremos mañana. Nuestro plan de ir a Ólafsfjörður a hacer otro senderito, de momento, va a quedar aplazado.
La cosa era que hoy nos quedábamos en Akureyri, sin hacer ninguna excursión en autobús. Así que a Raquel y a mí se nos ocurrió mirar a ver si había algún senderito que pudiéramos hacer. A José Luis y Francisco les gustó la idea, conque preguntamos en la oficina de turismo y nos recomendaron el mismo que aparecía en mi guía: la subida al Súlur, un monte cercano a la ciudad. Tres horitas escasas de subida, y desde arriba había una excelente vista al fiordo. Pues adelante.
El plan consistía en levantarnos prontito para desayunar a las siete, hacer el sendero y estar de vuelta cuanto antes. Susana, María José y los niños se quedarían durmiendo hasta más tarde. En el mapa vimos que el inicio del sendero estaba cerca, conque podíamos ir andando.
Así que esta mañana lo hemos puesto en práctica. Poco después de las siete y media hemos salido del hotel. Por el camino veíamos las casas de la localidad. Cosa curiosa: la mayoría tenían una cama elástica en el jardín. Parece que les gusta dar brincos.
Pronto, el primer problema: llevábamos un mapa topográfico del sendero, pero se nos había olvidado coger el plano de la localidad para encontrar la salida correcta. Naturalmente, en el primer desvío ya nos hemos equivocado. Y hala, busca a alguien un domingo a las siete y media de la mañana para preguntar. Y que se acordara, al menos, de su nombre. Ha habido suerte y una chica nos ha indicado. Sólo hemos dado una pequeña vuelta de más.
Y vaya, la carretera hasta el sendero era más larga de lo que parecía. Nos habían dicho que el sendero empezaba en aparcamiento que había nada más pasar el vertedero. A ver si éramos capaces de verlo. Verlo sí, y olerlo, una barbaridad. No recuerdo un olor a mierda revenida tan intenso en toda mi vida. Verdaderamente nauseabundo.
Más de una hora de camino del hotel al aparcamiento (la mayoría de la gente viene en coche y aparca aquí). Y pequeño despiste que pudimos resolver, una vez más, preguntando. Es que el inicio del sendero es muy estrechito y no está señalizado.
Arrancamos con cierto mosqueo, porque el Súlur tiene más de 1200m de altura, y Akureyri está a nivel del mar. Vale, habíamos venido subiendo, de modo que el aparcamiento estaba a más de 300m, pero nos quedaban unos 900m de desnivel. O la estimación de tres horas (y ya llevábamos una de retraso) era incorrecta, o había mucha pendiente en algún sitio. En fin, arrancamos y no parecía muy difícil. Además la vista, vertedero aparte, era muy bonita. El Eyjafjörður detrás de nosotros y el valle del Glerá a la derecha. El monte, claro, delante de nosotros.Pronto quedó claro que la pobre Raquel se retrasaba. Es que andar en llano se le da bien, pero subir no. La íbamos esperando pero, al final, Francisco y José Luis se fueron por delante, mientras que yo me quedé con ella. Tampoco me sentía muy fuerte, conque prefería subir a un ritmo más lento. Si no me equivoco, hacía más de un año desde nuestro último sendero.
Después de un rato con desniveles, llanos y algún tobogán, pasada la mitad de camino empezó la parte chunga. Al principio, en forma de neveros. No muy largos, los pasamos con algunos problemas, pero nada más. Y poco después, una subida por rocas sueltas. Empezábamos a ver gente que bajaba, porque habían subido más temprano, y todos llevaban bastones. Nosotros, en cambio, íbamos en plan dominguero. Huy, qué mal rollo. Pero mira, ¿quién dijo miedo? Para arriba. Además estas subidas eran duras, pero tenían la ventaja de que mirabas atrás y veías cuánto habías subido, de modo que cogías moral.
A partir de aquí el camino ya tenía una pendiente importante. Raquel aguantaba sin quejarse mucho, pero a mí también se me hacía duro. Y veíamos que la parte final tenía todavía más pendiente y estaba nevada. Tendríamos que buscar un camino más sencillo.
Cuando ya estábamos cerca de la cima, empezamos a rodear en busca de un camino que no implicara subir por el nevero. Más que nada porque no nos fiábamos de poder bajar. Me adelanté un poco y una mujer que bajaba debió oír mis gritos a Raquel, porque nos dijo en castellano que, para llegar a la cumbre, teníamos que cruzar el nevero. No había otra. Conque decidimos dejarlo allí.
Estuvimos un rato almorzando y viendo el paisaje (que, de verdad, valía la pena) e iniciamos el descenso. En la bajada nos alcanzaron nuestros amigos, que sí habían hecho cima y firmado en el libro que hay en la cumbre, dejando un sentido
Aquí están
Estos son
Los cojones de Aragón
Las tres horas de subida resultaron ser una buena estimación, si tienes práctica subiendo por senderos. La bajada nos costó mucho menos pero, aún así, se nos estaba haciendo bastante tarde. Y todavía teníamos que volver al pueblo. Mis rodillas empezaban a flaquear (no son ninguna maravilla) y llegué al hotel, siete horas después de salir, hecho un asco. Mi pierna derecha no valía ni para hacer albóndigas y estaba agotado. ¡Vaya con el día de descanso!
Quedamos en comer algo cada uno por su cuenta y a las cuatro y media, juntarnos para ir con los niños a la piscina. Plan que no funcionó en absoluto; Raquel y yo nos quedamos dormidos en la habitación, mientras que los demás bajaron a la ciudad a comer y ya se quedaron allí, de modo que a las cuatro y media en el vestíbulo del hotel no había nadie.
Claro que ellos habían comido un montón en el Bautinn (creo que volveremos más, porque los niños lo pasaron bomba en la guardería y los mayores, pues lo mismo). Y nosotros dos habíamos pasado con un sándwich y un plátano. Así que ellos se quedaron a cenar cualquier cosa en el hotel, pero Raquel y yo bajamos a cenar. Fuimos al Fríðrik V, un restaurante al que no habíamos podido entrar la noche anterior y que, según nuestra guía, era el mejor de la ciudad. Después de la paliza, nos lo merecíamos. Y el restaurante respondió a su fama. Cenamos realmente bien y, gracias a la fuerte devaluación de la corona, no tan caro como se podría pensar. Raquel, por cierto, comió arao, que es un pájaro parecido al frailecillo que también tenemos en España pero, hasta donde sé, no nos lo comemos. Pues estaba bien bueno, oye.
Y ya de vuelta al hotel, a descansar y mañana, a levantarnos más tarde. Ya que hoy no ha habido piscina, nos iremos mañana. Nuestro plan de ir a Ólafsfjörður a hacer otro senderito, de momento, va a quedar aplazado.
Comentarios
En la subida al atravesar un nevero dabas 3 pasos adelante y uno atrás pero en las bajados los neveros eran una bendición porque amortiguaban el peso. Incluso alguno lo bajamos deslizándonos de culo. Muy chulo.