Tiempo islandés
Quienes hayáis leído la entrada anterior, al ver el título de ésta, habréis pensado: ah, cada diez minutos les cambiaba el tiempo. Pero no, el tiempo hoy ha sido constante. Constantemente malo, quiero decir. Un poco más y sería lo que en los telediarios españoles llaman "ola de frío polar".
Hoy teníamos contratada nuestra última excursión, al lago Mývatn y el parque nacional de Jökulsárgljúfur (casi me ha salido bien sin mirarlo). Así que madrugón y a las siete, a desayunar para estar sin prisas a las ocho y cuarto en el autobús. Una vez más, quienes hayáis leído la entrada anterior pensaréis: bueno, a las ocho y cuarto pondría en el horario, pero el autobús habrá salido cuando haya querido. Y esta vez sí habréis acertado. A las 8h15 ni siquiera estaba el autobús en el párking. Esta vez el motivo era sencillo: la excursión salía del párking de la oficina de turismo, pero también del aeropuerto, recogiendo a quienes llegan en no sé qué vuelo. El conductor había decidido ir primero al aeropuerto, y el vuelo había llegado con un poco de retraso. En fin, salimos con un poco de retraso, pero no demasiado.
Esta vez el guía era un hombre más bien mayor. Se conocía historias de todas las granjas por las que pasábamos, así que hacía el viaje entretenido. Como los niños estaban dormidos, sólo oía dos voces en el autobús: la del guía y la de José Luis que, con su habitual fatalismo, iba diciendo que no le gustaba como sonaba el autobús. Pues esta vez tenía razón. Media hora escasa después de salir, el autobús ha muerto. En mitad de un subida ha dicho que ya no andaba más. Conque han tenido que mandar otro, pero claro, esto nos ha hecho acumular bastante retraso ya de salida. Y teníamos que transbordar dos veces a otros autobuses, así que debíamos recuperar lo antes posible.
Una señora japonesa ha empezado a repartir chocolatinas a todo el pasaje para hacer la espera más agradable. Con todo éxito, hasta que los españoles hemos decidido poner algo de nuestra parte. Los niños dormían, sí, pero parece que parte de Dani no. En concreto, su sistema digestivo funcionaba perfectamente y acababa de lanzar un ataque químico. Afortunadamente, Raquel y yo estábamos por delante de él, y toda la carga nociva se ha extendido hacia atrás, alcanzando de lleno a sus padres y también a una pareja que se había sentado en la última fila. La chica se tapaba la cara con un pañuelo y dejaba caer lagrimones, no sabíamos si porque se había contagiado de nuestras risotadas o por efecto del gas mostaza. Aunque afuera llovía y estábamos a seis graditos (con bastante viento), creo que estaban considerando seriamente la idea de salir del vehículo.
Por suerte para todos, ha llegado el autobús de recambio. Para nuestra sorpresa, la pareja, en lugar de intentar ocupar los primeros asientos, se ha vuelto a ir hacia la última fila. En fin, ahora no podrán decir que no estaban sobre aviso.
Nuestro viaje continúa hacia la primera parada: Goðafoss. Según la historia, en torno al año 1000 el Alþingi (parlamento), reunido en Þingvellir, debía decidir si los islandeses seguían practicando la religión tradicional pagana o se convertían al cristianismo; a ser posible, sin necesidad de hacer una guerra de religión. Encargaron a Þorgeirr Þorkelsson, uno de los caudillos islandeses, tomar la decisión. Þorgeirr estuvo meditando durante un par de días y decidió que el cristianismo fuera la nueva religión oficial, aunque quien quisiera podía seguir adorando a los viejos dioses en privado. La decisión fue aceptada y el propio Þorgeirr, que hasta entonces era pagano, se convirtió al cristianismo. Al volver a casa, cogió todos sus ídolos y los lanzó a una catarata que había cerca; desde entonces esta catarata se conoce como Goðafoss, la catarata de los dioses.
Como íbamos mal de tiempo sólo nos detuvimos en Goðafoss durante un cuarto de hora. Normalmente nos habríamos quejado, pero hacía tan mal tiempo que casi nadie aguantó todo el rato fuera del autobús. Qué pena de día, con la de cosas que íbamos a ver.
Así que seguimos adelante, hacia el lago Mývatn. Por el camino pasamos junto a una fábrica que se dedica a secar cabezas de bacalao y exportarlas a Nigeria, donde las utilizan para hacer sopa. Qué cosas. Y, cuando ya teníamos el lago a la vista, ¡fuego el dos! Gritos, alaridos y lloros en la parte trasera del autobús, mientras Dani seguía durmiendo tan ricamente, ignorante del escándalo que estaba organizando. Y aún habría una tercera andanada más adelante. Qué fiera.
Al llegar al lago, los ocupantes del autobús batimos un récord de velocidad de desalojo. Desgraciadamente, el tiempo no había mejorado en absoluto, más bien al revés. Estábamos subiendo y, por tanto, la temperatura bajaba. Así que dimos un paseíto por Skútustaðagígar, la zona de los falsos cráteres (causados por explosiones de gas, no por erupciones volcánicas), más bien al trote, y vuelta al autobús. El lago tiene pinta de ser muy bonito con buen tiempo, pero así no lo es tanto. Es que, además, las nubes estaban muy bajas, de modo que no se veía demasiado lejos.
De allí fuimos a Reykjahlíð, donde nuestro grupo de excursionistas se partía en dos. Reykjahlíð no tiene nada que ver con Reykjavík; el prefijo reykja- significa "humo"; hay muchas poblaciones en Islandia cuyo nombre empieza así porque se fundaron en zonas de fumarolas. El caso es que debíamos despedir a nuestro guía, que se quedaba con el otro grupo, y hacer el primer transbordo. Pero el autobús que debíamos tomar estaba lleno, así que hicieron un apaño llevándonos con el otro hasta el Krafla, un volcán cercano donde sí podíamos coger el autobús; supongo que allí se bajaba gente y dejaban sitio libre. Por el camino vimos muchas fumarolas y una central geotérmica.
El nuevo autobús estaba casi lleno, conque no pudimos sentarnos juntos. Además, había gente que ocupaba dos asientos (uno para su equipaje) y se hacía la remolona; pero no tenían más remedio que dejar sitio, porque íbamos a ocupar todos los asientos libres. José Luis acabó compartiendo plaza con otro chico español con quien estuvo de cháchara durante el viaje.
Un rato más adelante vemos un cartel: Dettifoss, 22km. Y faltaba más de media hora para la hora de llegada prevista. Habíamos conseguido recuperar todo el retraso.
Ja, ja. Permite que me ría. Esos 22 kilómetros eran un auténtico patatal. Igual que José Luis dice que lo peor que puede decir de una comida es que está buena, lo mejor que se puede decir de una carretera islandesa es que es mala. Luego hay otras peores y llegan hasta las infernales, entre las que se cuenta la pista por la que íbamos a circular. De un solo carril, naturalmente, y llena de carteles de Blindhæð; esto significa que llegas a un cambio de rasante y, claro, al ser una pista de un solo carril, a lo mejor te encuentras de morros con otro vehículo que viene de frente. En fin, que tardamos más de tres cuartos de hora en llegar a nuestro destino.
A diferencia de otras veces, en ésta no veíamos la catarata desde el autobús, mientras llegábamos. Hay que aparcar y caminar durante un cuarto de hora hasta Dettifoss o Selfoss, otra catarata un par de kilómetros aguas arriba. Que no tiene nada que ver con la ciudad del mismo nombre que hay en el sur del país. Como llevábamos retraso, decidimos ir directamente a Dettifoss; mal hecho, porque Selfoss es una catarata bastante bonita pero, después de ver Dettifoss, todas las demás cataratas te parecen cutres.
Dettifoss es una auténtica barbaridad. Me habría quedado embobado viéndola durante varias horas, a pesar del mal tiempo. Intenté hacer alguna foto que la captara bien, pero desistí, porque es imposible. Hay quien dice que no es especialmente bonita; lo que no se puede negar es que es impresionante. Sigo pensando que Gullfoss es una catarata fantástica, pero palidece al lado de esta bestialidad.
Raquel prácticamente tuvo que estirar de mí para sacarme. Aún nos dio tiempo de pasar, deprisa y corriendo, por Selfoss, que es completamente diferente. Mucho menos caudal de agua, y mucha menos altura, pero cayendo en varios saltos en forma de circo. Bastante bonita, de verdad, pero aún estaba intentando absorber la otra catarata.
Después de hacer un pis (Raquel no porque el mingitorio femenino estaba bastante asqueroso, al parecer), seguimos viaje por el parque nacional de Jökulsárgljúfur. Aparte de Dettifoss, teníamos programadas dos paradas. La primera en Vestardalur, la parte central del parque; concretamente en una zona llamada Hijóðaklettar. En esta zona tuvimos media horita para pasear por las espectaculares coladas basálticas. Desde luego, la zona daba para mucho más, pero la única manera de pasar más tiempo en Vestardalur consiste en alquilar un coche e ir hacia allí. O bajarte del autobús y quedarte, como hicieron dos chicas de nuestro grupo. Se veían bastantes tiendas de campaña aunque, con el tiempo que hacía, no nos daban mucha envidia. Estaba mejorando un poco, pero seguía siendo bastante frío.
De allí seguimos hacia la última parada en el parque, en Ásbyrgi. Es una zona bastante bonita, también con coladas basálticas, pero con más árboles. Aquí sólo estuvimos veinte minutos escasos, que dedicamos a pasear hasta un laguito cercano, el Botnstjörn. "Tjörn", el nombre del lago de Reykjavík, significa, simplemente, "lago". Qué sosos. Es como si en Madrid llamáramos "estanque" al estanque del Retiro, o "lago" al lago de la Casa de Campo. Bien, el Botnstjörn es pequeño, pero bonito, con la pared de basalto que lo cierra por detrás y todos los patos que lo pueblan. Además, el tiempo aquí había mejorado bastante y, aunque seguía haciendo fresco, incluso apetecía pasear.
Por cierto, aquí Raquel ya consiguió echar un pis, que estaba necesitada, la pobre.
Y aquí terminaban nuestras visitas del día. Ya sólo nos quedaba una breve parada técnica en Húsavík. Aquí pudimos comprobar la diferencia entre un día bueno y uno malo. Mirad la foto del puerto de Húsavík que colgué hace tres entradas; hoy no se veían las montañas del fondo en absoluto. Y el propio pueblo parecía más feo.
Al llegar a Akureyri hemos ido directamente a cenar al Bautinn (hoy con algún altercado infantil con unos niños daneses un poco brutos, aunque creo que al final Sara se ha hecho amiga de ellos) y de vuelta al hotel. Una partidita de billar con los niños (José Luis me ha vuelto a ganar, esto ya clama venganza) y todos a sus habitaciones, menos vuestro cronista, que se ha dedicado a escribir el blog. Pero ahora mismo me subo a dormir. Y mañana, nuestro último día completo en Akureyri; si hace bueno, tal vez nos vayamos un rato a Ólafsfjörður, ya veremos.
Hoy teníamos contratada nuestra última excursión, al lago Mývatn y el parque nacional de Jökulsárgljúfur (casi me ha salido bien sin mirarlo). Así que madrugón y a las siete, a desayunar para estar sin prisas a las ocho y cuarto en el autobús. Una vez más, quienes hayáis leído la entrada anterior pensaréis: bueno, a las ocho y cuarto pondría en el horario, pero el autobús habrá salido cuando haya querido. Y esta vez sí habréis acertado. A las 8h15 ni siquiera estaba el autobús en el párking. Esta vez el motivo era sencillo: la excursión salía del párking de la oficina de turismo, pero también del aeropuerto, recogiendo a quienes llegan en no sé qué vuelo. El conductor había decidido ir primero al aeropuerto, y el vuelo había llegado con un poco de retraso. En fin, salimos con un poco de retraso, pero no demasiado.
Esta vez el guía era un hombre más bien mayor. Se conocía historias de todas las granjas por las que pasábamos, así que hacía el viaje entretenido. Como los niños estaban dormidos, sólo oía dos voces en el autobús: la del guía y la de José Luis que, con su habitual fatalismo, iba diciendo que no le gustaba como sonaba el autobús. Pues esta vez tenía razón. Media hora escasa después de salir, el autobús ha muerto. En mitad de un subida ha dicho que ya no andaba más. Conque han tenido que mandar otro, pero claro, esto nos ha hecho acumular bastante retraso ya de salida. Y teníamos que transbordar dos veces a otros autobuses, así que debíamos recuperar lo antes posible.
Una señora japonesa ha empezado a repartir chocolatinas a todo el pasaje para hacer la espera más agradable. Con todo éxito, hasta que los españoles hemos decidido poner algo de nuestra parte. Los niños dormían, sí, pero parece que parte de Dani no. En concreto, su sistema digestivo funcionaba perfectamente y acababa de lanzar un ataque químico. Afortunadamente, Raquel y yo estábamos por delante de él, y toda la carga nociva se ha extendido hacia atrás, alcanzando de lleno a sus padres y también a una pareja que se había sentado en la última fila. La chica se tapaba la cara con un pañuelo y dejaba caer lagrimones, no sabíamos si porque se había contagiado de nuestras risotadas o por efecto del gas mostaza. Aunque afuera llovía y estábamos a seis graditos (con bastante viento), creo que estaban considerando seriamente la idea de salir del vehículo.
Por suerte para todos, ha llegado el autobús de recambio. Para nuestra sorpresa, la pareja, en lugar de intentar ocupar los primeros asientos, se ha vuelto a ir hacia la última fila. En fin, ahora no podrán decir que no estaban sobre aviso.
Nuestro viaje continúa hacia la primera parada: Goðafoss. Según la historia, en torno al año 1000 el Alþingi (parlamento), reunido en Þingvellir, debía decidir si los islandeses seguían practicando la religión tradicional pagana o se convertían al cristianismo; a ser posible, sin necesidad de hacer una guerra de religión. Encargaron a Þorgeirr Þorkelsson, uno de los caudillos islandeses, tomar la decisión. Þorgeirr estuvo meditando durante un par de días y decidió que el cristianismo fuera la nueva religión oficial, aunque quien quisiera podía seguir adorando a los viejos dioses en privado. La decisión fue aceptada y el propio Þorgeirr, que hasta entonces era pagano, se convirtió al cristianismo. Al volver a casa, cogió todos sus ídolos y los lanzó a una catarata que había cerca; desde entonces esta catarata se conoce como Goðafoss, la catarata de los dioses.Como íbamos mal de tiempo sólo nos detuvimos en Goðafoss durante un cuarto de hora. Normalmente nos habríamos quejado, pero hacía tan mal tiempo que casi nadie aguantó todo el rato fuera del autobús. Qué pena de día, con la de cosas que íbamos a ver.
Así que seguimos adelante, hacia el lago Mývatn. Por el camino pasamos junto a una fábrica que se dedica a secar cabezas de bacalao y exportarlas a Nigeria, donde las utilizan para hacer sopa. Qué cosas. Y, cuando ya teníamos el lago a la vista, ¡fuego el dos! Gritos, alaridos y lloros en la parte trasera del autobús, mientras Dani seguía durmiendo tan ricamente, ignorante del escándalo que estaba organizando. Y aún habría una tercera andanada más adelante. Qué fiera.
Al llegar al lago, los ocupantes del autobús batimos un récord de velocidad de desalojo. Desgraciadamente, el tiempo no había mejorado en absoluto, más bien al revés. Estábamos subiendo y, por tanto, la temperatura bajaba. Así que dimos un paseíto por Skútustaðagígar, la zona de los falsos cráteres (causados por explosiones de gas, no por erupciones volcánicas), más bien al trote, y vuelta al autobús. El lago tiene pinta de ser muy bonito con buen tiempo, pero así no lo es tanto. Es que, además, las nubes estaban muy bajas, de modo que no se veía demasiado lejos.
De allí fuimos a Reykjahlíð, donde nuestro grupo de excursionistas se partía en dos. Reykjahlíð no tiene nada que ver con Reykjavík; el prefijo reykja- significa "humo"; hay muchas poblaciones en Islandia cuyo nombre empieza así porque se fundaron en zonas de fumarolas. El caso es que debíamos despedir a nuestro guía, que se quedaba con el otro grupo, y hacer el primer transbordo. Pero el autobús que debíamos tomar estaba lleno, así que hicieron un apaño llevándonos con el otro hasta el Krafla, un volcán cercano donde sí podíamos coger el autobús; supongo que allí se bajaba gente y dejaban sitio libre. Por el camino vimos muchas fumarolas y una central geotérmica.
El nuevo autobús estaba casi lleno, conque no pudimos sentarnos juntos. Además, había gente que ocupaba dos asientos (uno para su equipaje) y se hacía la remolona; pero no tenían más remedio que dejar sitio, porque íbamos a ocupar todos los asientos libres. José Luis acabó compartiendo plaza con otro chico español con quien estuvo de cháchara durante el viaje.
Un rato más adelante vemos un cartel: Dettifoss, 22km. Y faltaba más de media hora para la hora de llegada prevista. Habíamos conseguido recuperar todo el retraso.
Ja, ja. Permite que me ría. Esos 22 kilómetros eran un auténtico patatal. Igual que José Luis dice que lo peor que puede decir de una comida es que está buena, lo mejor que se puede decir de una carretera islandesa es que es mala. Luego hay otras peores y llegan hasta las infernales, entre las que se cuenta la pista por la que íbamos a circular. De un solo carril, naturalmente, y llena de carteles de Blindhæð; esto significa que llegas a un cambio de rasante y, claro, al ser una pista de un solo carril, a lo mejor te encuentras de morros con otro vehículo que viene de frente. En fin, que tardamos más de tres cuartos de hora en llegar a nuestro destino.
A diferencia de otras veces, en ésta no veíamos la catarata desde el autobús, mientras llegábamos. Hay que aparcar y caminar durante un cuarto de hora hasta Dettifoss o Selfoss, otra catarata un par de kilómetros aguas arriba. Que no tiene nada que ver con la ciudad del mismo nombre que hay en el sur del país. Como llevábamos retraso, decidimos ir directamente a Dettifoss; mal hecho, porque Selfoss es una catarata bastante bonita pero, después de ver Dettifoss, todas las demás cataratas te parecen cutres.
Dettifoss es una auténtica barbaridad. Me habría quedado embobado viéndola durante varias horas, a pesar del mal tiempo. Intenté hacer alguna foto que la captara bien, pero desistí, porque es imposible. Hay quien dice que no es especialmente bonita; lo que no se puede negar es que es impresionante. Sigo pensando que Gullfoss es una catarata fantástica, pero palidece al lado de esta bestialidad.Raquel prácticamente tuvo que estirar de mí para sacarme. Aún nos dio tiempo de pasar, deprisa y corriendo, por Selfoss, que es completamente diferente. Mucho menos caudal de agua, y mucha menos altura, pero cayendo en varios saltos en forma de circo. Bastante bonita, de verdad, pero aún estaba intentando absorber la otra catarata.
Después de hacer un pis (Raquel no porque el mingitorio femenino estaba bastante asqueroso, al parecer), seguimos viaje por el parque nacional de Jökulsárgljúfur. Aparte de Dettifoss, teníamos programadas dos paradas. La primera en Vestardalur, la parte central del parque; concretamente en una zona llamada Hijóðaklettar. En esta zona tuvimos media horita para pasear por las espectaculares coladas basálticas. Desde luego, la zona daba para mucho más, pero la única manera de pasar más tiempo en Vestardalur consiste en alquilar un coche e ir hacia allí. O bajarte del autobús y quedarte, como hicieron dos chicas de nuestro grupo. Se veían bastantes tiendas de campaña aunque, con el tiempo que hacía, no nos daban mucha envidia. Estaba mejorando un poco, pero seguía siendo bastante frío.De allí seguimos hacia la última parada en el parque, en Ásbyrgi. Es una zona bastante bonita, también con coladas basálticas, pero con más árboles. Aquí sólo estuvimos veinte minutos escasos, que dedicamos a pasear hasta un laguito cercano, el Botnstjörn. "Tjörn", el nombre del lago de Reykjavík, significa, simplemente, "lago". Qué sosos. Es como si en Madrid llamáramos "estanque" al estanque del Retiro, o "lago" al lago de la Casa de Campo. Bien, el Botnstjörn es pequeño, pero bonito, con la pared de basalto que lo cierra por detrás y todos los patos que lo pueblan. Además, el tiempo aquí había mejorado bastante y, aunque seguía haciendo fresco, incluso apetecía pasear.
Por cierto, aquí Raquel ya consiguió echar un pis, que estaba necesitada, la pobre.
Y aquí terminaban nuestras visitas del día. Ya sólo nos quedaba una breve parada técnica en Húsavík. Aquí pudimos comprobar la diferencia entre un día bueno y uno malo. Mirad la foto del puerto de Húsavík que colgué hace tres entradas; hoy no se veían las montañas del fondo en absoluto. Y el propio pueblo parecía más feo.
Al llegar a Akureyri hemos ido directamente a cenar al Bautinn (hoy con algún altercado infantil con unos niños daneses un poco brutos, aunque creo que al final Sara se ha hecho amiga de ellos) y de vuelta al hotel. Una partidita de billar con los niños (José Luis me ha vuelto a ganar, esto ya clama venganza) y todos a sus habitaciones, menos vuestro cronista, que se ha dedicado a escribir el blog. Pero ahora mismo me subo a dormir. Y mañana, nuestro último día completo en Akureyri; si hace bueno, tal vez nos vayamos un rato a Ólafsfjörður, ya veremos.
Comentarios
Hace poco echaron un 'Madrileños por el Mundo' de Islandia, y todo era soleado, fresquito y tal, pero con mucha luz. Igual es una conspiración para que dejemos espacio por aquí.
Que disfrutéis mucho de la última etapa, y no olvidéis ir al baño antes de salir del hotel.
Besitos.
En la foto aparezco yo con Raquel delante del monumento "cabrón".
El "vete a tomar por culo" parecía ya os podeis imaginar como era. Hay fotos.
Por otra parte que quedé impresionado por el estado de forma de los ciclistas: salieron del autobús, cogieron las bicis y fueron a ver la catarata. Estaba lloviendo copiosamente y la arena negra volcánica con el agua estaba formando una pasta que supongo que hacía muy trabajoso ir en bici. También me comentó que habían tenido que superar pendientes del 17% con 30 kg de equipaje en un carrito en la trasera de la bici y un viento fuerte en contra. Hacían un promedio de 120 km/día.